Visita expres a Zaanse Schans

Después de haber pasado la mañana recorriendo Amsterdam, contábamos con tan solo 3 horas para visitar el pueblo de Zaanse Schans.

Para llegar hasta allí cogimos el tren desde la estación central. Aunque esta opción es un poco más cara que el autobús, nos decantamos por ella, ya que es más rápida y no disponíamos de demasiado tiempo. Los billetes nos costaron unos 7 euros a cada una y tardamos alrededor de 20 minutos en llegar.

Aprovechamos el trayecto para comer unos bocatas y una buena ración de patatas fritas, que habíamos comprado en la estación antes de subir al tren y para hacer unas cuantas fotos a Plum y Berry. Después de 4 paradas, bajamos en la estación de Koog-Zaandijk y caminamos unos 10 minutos, cruzando un puente levadizo, desde el que tuvimos las primeras vistas de los molinos y el paisaje de ensueño que nos esperaba.

Al llegar a la zona de los molinos, la sensación que tuvimos fue la de habernos trasladado a un cuento. Las calles casi vacías de gente, los pequeños comercios familiares y artesanales en las que poder comprar productos típicos de la zona, los pequeños canales, el verde de la hierba rodeándolo todo, las casitas típicas de un pueblecillo holandés de los siglos XVII y XVIII… todo esto hace que nos parezca mentira estar a tan pocos kilómetros de la ciudad. Paseamos por las calles, cruzando varios puentes y aprovechando para hacer mil y una fotos de tan bucólico paisaje.

Hay varios de los molinos a los que se puede entrar, ya que la mayoría han sido reacondicionados como tiendas o museos. En ellos, se puede disfrutar de los productos típicos de la zona, siendo la estrella el queso. Nosotras entramos en una de las tiendas que vendía todo tipo de quesos, elaborados allí mismo. Además de disfrutar de ver el proceso de elaboración, mientras la amiga que nos acompañaba nos iba explicando cada paso y cada máquina utilizada en el proceso. He de decir que fue un placer tener estas explicaciones por parte de alguien que entiende lo que está viendo porque conoce el proceso de primera mano. Por supuesto, probamos cada tipo de queso, ya que te dan muestras gratuitas a cada paso, y, finalmente nos compramos uno cada una para llevar de regalo a casa.

Otro de los puntos que más nos gustó, fue la fábrica donde elaboran los tradicionales zuecos holandeses. Dentro del pequeño edificio, se puede aprender un poco sobre la historia de este curioso calzado, su uso y su elaboración. Al terminar el recorrido, como no podía ser de otra manera, hay una pequeña tienda en la que poder comprar un par elaborado artesanalmente. Nosotras decidimos que con los tulipanes y el queso teníamos suficientes recuerdos de nuestro paso por allí y solamente nos llevamos unas cuantas fotos.

Después de haber recorrido casi todo el pueblo, nos encaminamos de vuelta a la estación para coger el tren de camino al aeropuerto para volver a casa, no sin antes parar en una pequeña tienda para tomar un chocolate que nosotras mismas tuvimos la oportunidad de hacer. Fue muy curioso moler el cacao y mezclarlo con la cantidad de leche exacta que nos indicaron para que su consistencia fuera la adecuada. Además, nos vino genial para templar un poco el cuerpo que se nos estaba quedando helado debido al frío y al viento que hacía.

 

 

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