Una tarde en Quebec city

Después de haber pasado unos días en Montreal, madrugamos para coger un tren hasta Quebec city. El trayecto duró unas 3 horas y media y nos costó alrededor de 30 dólares canadienses a cada una. Hemos de decir que la llegada a la ciudad fue bastante caótica debido a los conductores del transporte público. Deberíamos haber tardado unos 15 minutos en llegar hasta el Hotel du Nord, que era donde nos alojábamos, pero la realidad es que nos costó casi dos horas, durante las cuales tuvimos que esperar congeladas en una para de autobús, mientras uno y otro conductor nos decía que no, que ese número no iba hacia allí, que tomáramos el siguiente. Y así nos marearon entre el autobús 11 y el 1, hasta que decidimos montarnos en el 1, que era el que habíamos buscado que nos llevaba y, efectivamente, nos llevó.

Tras superar nuestro cabreo inicial, dejar las maletas en el hotel y tener que cambiar nuestros planes para nuestra estancia en Quebec ya que se nos había hecho mucho más tarde de lo que esperábamos, nos dirigimos hacia el centro a turistear un rato, sin poder aprovechar el tour gratis que pensábamos haber hecho.

Decir antes que nada, que la ciudad de Quebec se divide en dos partes: la ciudad alta y la ciudad baja. Ambas dos se comunican mediante un funicular, que cuesta  3.5 dólares canadienses por trayecto, o unas cuantas escaleras, gratis pero bastante más agotadoras. Nosotras nos decidimos por el funicular, por aquello de las vistas y la experiencia, no porque nos echaran para atrás unas cuantas escaleras.

Comenzando por la parte baja, nuestra primera parada después de haber comido, fue la Place Royale. Se trata de una plaza que parece sacada de un cuento, rodeada por edificios de los siglos XVII y XVIII y presidida por la iglesia Notre Dme des Victoires. En 1608, el primer asentamiento francés en la zona se estableció aquí, por lo que, la plaza es considerada como el lugar de nacimiento de la América francesa. Fue el núcleo de la actividad comercial en la ciudad durante más de 200 años, ya que el mercado central se situaba justo aquí. La plaza fue nombrada en honor al rey Luis XIV, de quien se puede apreciar un busto en medio de la misma.

Sin duda, el edificio que más llama la atención es la iglesia de Notre Dame des Victoires. Se trata de una de las iglesias más antiguas de la ciudad, en cuyo interior podemos encontrar numerosas obras de arte y un altar con forma de fortaleza. Esta pequeña iglesia de piedra ha cambiado varias veces de nombre, siendo bautizada como iglesia de L’Enfant Jésus, fue renombrada como Notre Dame de la Victoire en 1690 tras la batalla de Quebec, para, posteriormente, adoptar su nombre actual en 1711, después de que una flota británica fuera hundida debido al mal tiempo.

Desde la Place Royale se puede llegar hasta el funicular que comunica esta parte de la ciudad con la parte alta, dando un pequeño paseo y, esto es precisamente lo que hicimos. Por el camino, pudimos disfrutar de las calles llenas de vida, gente y pequeños comercios. Una de las cosas que tuvimos ocasión de observar, fue La Fresque du Petit Champlain. Se trata de un mural pintado en 2001 por Murale Creation, como forma de representar la historia del pequeño pueblo pesquero de Cap-Blanc, a través de personajes tanto reales como ficticios. Una bonita forma de embellecer la ciudad, a la par que recuerda su historia a sus habitante y se la muerta a los turistas.

Tras haber callejeado un rato por la parte baja de la ciudad, llegamos hasta la entrada del funicular, donde solo tuvimos que esperar unos minutos para poder subir en él. Una vez llegamos a la parte alta, lo primero que llamó nuestra atención fue el impresionante Château Frontenac.

Se tarta nada más y nada menos, de un hotel construido con forma de castillo, perteneciente a una serie construida por la compañía Canadian Pacific Railway, como iniciativa de promover el turismo entre los viajeros más adinerados. Abrió sus puertas en 1893 y cuenta con 611 habitaciones. Se trata del hotel más fotografiado del mundo y, la verdad es que no nos cabe duda del porqué. Además de la magnificencia del edificio en sí, sus alrededores también son dignos de admirar, ya que al estar situado en la parte alta de la ciudad cuenta con unos miradores con vistas impresionantes. Y, por si esto fuera poco, justo delante de la entrada principal pudimos apreciar la escultura El elefante espacial de Salvador Dalí, que formaba parte de la exposición “Picasso, Dalí y Riopelle”, albergada en el hotel desde el 17 de junio al 29 de octubre.

Partiendo del Château, dedicamos un rato a pasear por la Terrase Dufferin. Este paseo de madera discurre a lo largo del río San Lorenzo y, ofrece unas de las mejores vistas de la ciudad. Durante los meses de verano, este paseo se convierte en un animado lugar de reunión para los turistas y artistas callejeros que amenizan sus caminatas ofreciendo su arte. A lo largo del recorrido, pudimos observar los cañones que antiguamente defendieron la ciudad de Quebec. Como no podía ser menos, tuvimos que subirnos a uno de ellos para hacernos un reportaje fotográfico con el Château de fondo. En los meses de invierno, se instala un enorme tobogán de hielo en la parte oeste del paseo. Con el calor que hacía, nos tuvimos que conformar con ver la estructura de madera y preguntarnos quiénes serán los valientes que se lancen por él.

Justo detrás del tobogán, nos encontramos con las primeras escaleras que suben hacia el Paseo de los gobernadores. Como todavía nos quedaban fuerzas, nos decidimos a subir sus 300 escaleras, aunque hemos de confesar, que no las subimos todas y no llevamos a ver la ciudadela que se sitúa en la parte más alta. De lo que si pudimos disfrutar, fue de las increíbles vistas del río con sus enormes barcos y de la ciudad y de un agradable paseo entre árboles mientras caminábamos sobre tablones de madera.

Como ya comenzaba a anochecer y estábamos bastante cansadas, pusimos rumbo a la parte baja de la ciudad, para cenar algo y tomar allí el autobús de vuelta al hotel. Pero antes de eso, pasamos por la plaza que acoge el edificio Price y el Hotel de Ville o ayuntamiento de la ciudad. El edificio Price se trata de una construcción art decó de 16 plantas, erigido en 1930 para ser la sede central de la compañía Price Brothers, dedicada a la industria papelera. Destaca su tejado de cobre que está en sintonía con los edificios que lo rodean. Situado enfrente, encontramos el ayuntamiento de la ciudad. Inaugurado en 1896, tras haber acogido el instituto jesuita de 1730 a 1878. Es un edificio bastante pintoresco, ya que combina elementos de arquitectura clásica, medieval y de castillos.

Última parada de camino a casa, la catedral de Notre Dame de Quebec. Como dato curioso contaros que se trata de la catedral más antigua de Canadá y fue la primera en ser nombrada basílica menor en América por el Papa Pío IX. Lleva en pie en este lugar desde 1647, aunque ha sido destruida en varias ocasiones por fuego o por diferentes asedios y batallas. La última restauración se llevó a cabo en 1922, cuando el fuego la arrasó una vez más. Su fachada exterior es considerada la mejor fachada neoclásica de Quebec, debido a una reconstrucción llevada a cabo en 1843 por Thomas Baillairgé.

Nos despedimos de la ciudad tras una breve visita con unas magníficas vistas del Chàteau Frontenac iluminado por la noche que nos dejaron sin aliento y con la sensación de que nos habría gustado poder disponer de más tiempo para apreciar esta preciosa ciudad más a fondo. La parte buena de haber pasado solamente una tarde allí, es que nos quedaron muchas cosas por ver y así tenemos excusa para volver. 

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